JUEVES 4 DE JULIO DE 2013

PARATIEMPOS
Algo próximo a la gracia
UNA NOTA SOBRE CARTAS DE AMOR Y LITERATURA


“Todos los fines de semana me quedaba en calzoncillos, salía a la soleada azotea, instalaba la máquina de escribir (…) y escribía a Bunny unas cartas de dimensiones épicas, para las que tomaba notas toda la semana.(…) Le escribía durante todo el día, y esta confesión, más los rayos solares, me bronceaban la piel, me ennoblecían. Sentía algo próximo a la gracia. (…)"  
                          Frederick  Exley en A fan’s notes

Una amiga que es una gran escritora me confesó hace poco que lo mejor de todo lo que había escrito está en las cartas de amor furtivas que le mandaba a un amigo prohibido. No en sus delicados poemas, no en sus novelas hipnóticas, sino en fragmentos de cartas épicas e inútiles escritas en secreto; cartas que nadie más que él leerá nunca.

En la misma línea que mi amiga, Mark Twain sentencia: «El producto más franco, más libre y más privado de la mente y del corazón humano es una carta de amor».


¿Hasta qué punto es esto cierto? ¿Son las cartas de amor la cumbre o el núcleo secreto de la literatura? Muchos lectores-escritores de cartas de amor compartimos esta intuición, pero no es nada fácil encontrar correspondencias publicadas que la confirmen.

Con la curiosidad de poder confirmarlo leí este año varios epistolarios románticos. El de Twain me decepcionó por ñoño. Mucho “cariñito cómo te echo de menos”. Está bien para ver a un gran maestro de la palabra pensando y ensayando chistes y razonamientos para sus libros, artículos y conferencias. Pero como cartas de amor…mmhh. Diderot y Sophie Volland, por lo menos son un amor prohibido, por tanto más interesante. Pero no muy verdadero. Al final también se ve que Diderot la usaba para difundir sus ideas en los salones más mentados. Otra vez: para un estudioso de Diderot o alguien interesado en la historia de las ideas ilustradas es un gran libro. Desde el punto de vista del lector romanticón, no es para tanto. En todo caso no son las mejores páginas de Diderot ni remotamente.

Leí también la correspondencia desesperada entre el poeta boxeador Arthur Cravan perdido en México y la actriz Mina Loy en Europa. Este librito recopila una pasión verdaderamente loca y hay cartas muy buenas. Pero suena todo tan exagerado que a veces da un poco de vergüenza. Lo mejor del libro es la vida excéntrica de sus protagonistas.

Podría rebuscarse entre los clásicos, no sé, Eloísa y Abelardo, Dante, buscar los amores más malditos, el Werther, Nin-Miller, mirar un poco el libro de Barthes sobre el discurso amoroso… pero leyendo al maestro Fred Exley me di cuenta que no hay que encarnizarse en la búsqueda de criterios y ejemplos para distinguir buenas y malas cartas de amor, porque el problema no es de grado.
“Al final del día, en el crepúsculo estival, cuando las frescas sombras empezaban a ponerme la carne de gallina y cuando las parejas salían de las casas de vecinos para pasear cogidas de la mano por debajo de mí (¡ya no envidiaba a nadie!), repasaba y corregía las cartas con una concentración que no alcanzaba nunca en el trabajo. Tachaba lo que podía malinterpretarse, cambiaba lo que podía tomarse por indecoroso y añadía pensamientos de última hora escribiéndolos encima del renglón, en las márgenes o en los reversos de la página, con una letra desenfrenada y casi ilegible”      Fred Exley

La verdad es que es imposible encontrar epistolarios amorosos que no tengan algo de ridículo, que no den vergüenza ajena; o sí, alguno se puede encontrar, pero ninguno es nunca tan bueno como nuestra  idea de lo que es una buena carta de amor.
  
Hay algo de la intensidad que tienen nuestras cartas de amor (las que enviamos y las que nos envían) que nunca encontramos en la correspondencia de otros. Porque lo insólito en verdad es la experiencia de la carta de amor, ese estado de beatitud febril único en el que se pergeñan, se escriben, se esperan, se leen, se esconden, se releen o se destruyen.Da pena pensar que hay gente que no ha pasado nunca por esa abismal experiencia de alienación mental que es estar inmerso en una correspondencia amorosa. 

Por eso no creo que mi amiga escritora tuviera razón: seguro que su experiencia con la escritura/lectura de sus cartas de amor la llevaba a pensar que esas eran sus mejores páginas. Pero no, no eran sus mejores páginas: eran sus mejores horas, las de escritura enamorada, exaltada, unas horas mucho más intensas que todas las del tráfico de lo cotidiano juntas. Algo próximo a la gracia.