MARTES, 5 DE FEBRERO DE 2013

PARATIEMPOS
Máquinas de hacer que ocurran cosas: no, gracias.
BEN LERNER Y LA INESTIMABLE  INUTILIDAD DE LA POESÍA


     Hoy a la mañana tuve que apagar la radio: había una escritora enojada que hablaba sin parar de la corrupción de los políticos (cómo no) y de la "grandeza" de la literatura. Dijo "grandeza"  cuatro veces. Por supuesto no explicó cómo, pero decía confiar en el compromiso "insobornable" de los artistas para sacar al país del pozo. Vivo de vender libros y me gusta, pero me incomodan palabras solemnes como "insobornable", "fundamental o "necesario" vinculadas a cosas como un poema, una novela, una canción o una película. Y los escritores que se jactan de la "relevancia política" de su tarea directamente me llevan a apagar la radio. Me reconfortan en cambio los escritores que no eluden expresar desdén, cansancio y duda por su trabajo. Porque son ellos los que suelen hacer brillar -frente a su impostada hiperutilidad militante-, la hermosa e irremplazable inutilidad del arte. Como Ben Lerner en muchos momentos de su insólita primera novela Saliendo de la estación de Atocha, (Mondadori, 2013).
   
    Aquí, por ejemplo, en la perplejidad de un joven poeta americano ante las discusiones "políticas" que suscita un recital de poesía de vanguardia en Madrid:
"Encendí otro pitillo para ayudar a que calara mi aperçu y, en el silencio subsiguiente, traté de imaginar la relación de mis poemas con las fosas comunes de Franco, cómo podía atribuirse a mis poemas una conexión significativa con la destrucción deliberada y sistemática de un pueblo o un planeta, la abolición de clases, o, de algún modo, constituir una intervención política significativa. Me esforcé en tratar de imaginar mis poemas o cualesquiera poemas como máquinas capaces de hacer que ocurrieran cosas, de cambiar el gobierno o la economía o incluso el lenguaje, el cuerpo o su sensorio, pero no pude, no pude ni siquiera imaginarme imaginándolo. Y, no obstante, cuando imaginaba la victoria total de aquellas otras cosas sobre la poesía, cuando imaginaba, con una sensación de ahogo, un mundo sin ni tan siquiera las terribles excusas para los poemas que mantenían las posibilidades virtuales del medio, sin la clase de ritual absurdo en que había participado esa noche, entonces intuía una pérdida inestimable, una pérdida no de obras de arte sino del arte y, en consecuencia, infinita, el triunfo absoluto de lo real, y comprendí que, en un mundo así, me tragaría un bote de pastillas blancas"