VIERNES, 20 DE JULIO DE 2012

LOS OLVIDADOS
Tullidos, bastardos y cosas rotas
APOLOGÍA DE LOS INTERMEDIARIOS


Conocí a Igor, el boss de Muga, hace unos ocho años; un tío que parecía salido de El gran Lebowski, curioso, entusiasta y que hablaba por los codos y con vehemencia de libros (y de muchas otras cosas): me cayó bien al instante. Su librería —en muchos sentidos una prolongación de su personalidad apasionada, expansiva y caótica— también me gustó, de modo que me convertí a la vez en amigo y cliente de Muga.

Durante el primer año de nuestra amistad, cada vez que nos veíamos nos poníamos al día sobre libros, discos, películas y series que nos volvían locos en ese momento, y cada vez la conversación derivaba hacia el mismo punto: Igor me insistía en que tenía que leer Juego de tronos, primer libro de Canción de hielo y fuego, según él la obra maestra de un norteamericano...




...llamado George R. R. Martin. Yo, por supuesto, le daba largas; a ver, ¿qué adulto en su juicio puede querer embarcarse en una serie de fantasía seudomedieval aún inconclusa, compuesta por varios tochos de casi mil páginas cada uno? Pero por otro lado, como no era el típico nerd seguidor de sagas fantásticas, me aseguraba que los libros estaban más cerca de Los Soprano que de El Señor de los anillos y su entusiasmo al hablar de ellos era inagotable, me picaba la curiosidad, y el muy cabrito lo notó. Sabedor de mis gustos, me habló maravillas de la novela de vampiros de Martin, Sueño del Fevre, y piqué el anzuelo: la leí de un tirón y caí rendido a los pies del gordo de Nueva Jersey. Os podéis imaginar el resto: devoré Juego de Tronos, los siguientes y desde entonces espero con ansiedad cada nueva entrega de la serie. En definitiva, me volví súbdito de Poniente.

De no haber sido por Igor, yo nunca habría leído Canción de hielo y fuego (mucho menos ahora que ha alcanzado niveles de popularidad harrypotterianos gracias a su adaptación televisiva), y me habría perdido un pedazo de la mejor literatura estadounidense de los últimos años. No me habría perdido La carretera o Libertad, porque nadie se pierde La carretera o Libertad, pero sí me habría perdido un montón de fantásticas novelas si él no me las hubiera recomendado con insistencia: novelas como Adiós, hasta mañana de William Maxwell, Por amor al pueblo de James Meek, La teoría de las nubes de Stéphane Audeguy, La piel fría de Albert Sánchez Piñol, Historia de un matrimonio de Andrew Sean Greer o Que el vasto mundo siga girando de Colum McCann;[1] pequeños tesoros sepultados entre las pilas de novedades y superventas que encuentran su público gracias a libreros como Igor, intermediarios apasionados que los ponen en contacto con la gente que tiene la capacidad de disfrutarlos. De modo que tengo mucho que agradecerle; desde luego, habría podido vivir sin sus recomendaciones, pero mi vida sería mucho más gris.

A Muga, como a cualquier otro pequeño negocio, no le va tan bien en estos tiempos, y el futuro próximo pinta mal. De modo que, como ya habréis sospechado, todo este post no es más que un ardid para pediros que compréis vuestros libros allí. Vale, de vez en cuando todos compramos alguno en las grandes cadenas; alguien tiene que hacerles ganar dinero a los malvados capitalistas y hay días en que nos toca a ti y a mí hacerlo, porque siempre están a mano cuando necesitamos pillar algo rápido para un regalo. Pero si no compramos la mayor parte de nuestros libros en las pequeñas librerías, estas acabarán cerrando y desapareciendo, y lo que más echaremos de menos en ese futuro distópico en el que todos los libros se venderán en centros comerciales o en Amazon serán esos tesoros ocultos que ni siquiera sabíamos que existían hasta que gente como los libreros de Muga nos los descubrían.

Oh, y desde luego hay muchos más motivos para comprar en Muga antes que en Amazon: porque es una especie de centro sociocultural del barrio; porque los mugalaris tienen una conversación interesantísima; porque os regalan los marcapáginas más cool del mercado; porque son amigos de Almudena Grandes, si sois republicanos o porque nuestro futuro rey también compra en Muga, si sois monárquicos; o simplemente porque os van los barbudos. Elegid el que más os guste, pero por favor, seguid comprando allí. Yo seguiré haciéndolo porque, como el enano Tyrion Lannister le decía a Robb Stark en Juego de Tronos, mi punto débil son los tullidos, los bastardos y las cosas rotas.













[1] (dicho sea de paso, también me habría ahorrado algunas que no me gustaron nada, como la infumable Fin de David Monteagudo o ese pastiche cormacmccarthyano que es Sukkwan Island; mínimos deslices en todo caso, que me confortan al probar que ni siquiera Igor es perfecto recomendando libros)