JUEVES, 7 DE JUNIO DE 2012

PARATIEMPOS
La vida es sencilla, la vida es inacabable 
FRED EXLEY NOS ENSEÑA QUÉ ES LA TV


     No me gusta The Wire, ni Mad Men, ni Los Soprano, ni Juego de Tronos. Cuando digo esto, muchos amigos me miran como si fuera un tullido. Pero no estoy provocando: lo he intentado con humildad y no soy capaz. Lo que sí me gusta es la televisión. Aunque no sé si “gustar” es la palabra. Hablo de la televisión dura: el zapping zombie que alterna telediarios, programas del corazón, realitys, dibujos animados, fragmentos de películas o culebrones, concursos millonarios y documentales cutres sin concentrarse realmente en nada. A los amigos que hacen este blog, gente culta y responsable, fanáticos de las series de calidad (no en vano nuestra entrada con mas visitas está dedicada a un libro que ha conocido un éxito descomunal gracias a la serie que lo adapta) les digo para que me entiendan y dejen de despreciar mi vicio, que cuando miro la tele no estoy buscando nada bueno, nada “de calidad”. Es más: cuanto menos calidad, mejor. Encontrar algo bueno, algo que me obligue a dejar de cambiar de canal durante mucho rato, es una mala noticia y en general me resisto a aceptarla. No, no se trata aquí de una presuntuosa reivindicación de lo fragmentario, de la deconstrucción de la linealidad narrativa, al estilo de esos ex-jóvenes modernos que pontifican sobre el cut-up, el mash-up, los bits, los loops y la belleza post-poética de los residuos audiosvisuales y bla, bla, bla. Hablo simplemente de pereza mental, de abandono intelectual, de decadencia espiritual; hablo de una droga infinita y baratísima que quizás ya esté pasando de moda. La explicó mucho mejor, en 1968, ese gran maestro de la derrota vital que fue Frederick Exley. Les dejo un fragmento en el que narrando una de sus depresiones de meses enteros en el sofá de la casa de su madre, Fred explica con sincera sencillez, qué es la televisión:


“Veía... pero no necesito enumerar los programas. Durante aquellos meses, ni una sola vez emanó de la pantalla una idea o emoción auténticas, y acabé por concebir que aquel medio era subversivo. Por su capacidad para el engaño, por sus mentiras sin ambages, por su falta de carácter, por su debilidad mental, por su violencia sin objeto, por las repugnantes personalidades que quiere que nuestra juventud emule, por su infinita y humillante concesión a nuestras fantasías, la televisión mina la fuerza del carácter, vacía nuestras venas y corrompe irreparablemente la noción de realidad. Pero es un medio tierno y encantador; y cuando ha completado su salvaje trabajo y reducido al adulto al estado de recién nacido baboso y balbuciante, se alza siempre equilibrada, semejante a una madre pechugona, para llevarnos al refugio de sus tetas de pardos pezones. Salvo cuando dan un partido de fútbol, ya no veo la caja tonta, a pesar de lo cual siempre tengo encendido el aparato. Así como ponemos un reloj tictaqueante en la acolchada caja de un cachorrillo de seis semanas para hacerle comprender que mamá siempre está allí, cuando llego después de haberme tomado unas cervezas, le doy al interruptor y me instalo cómodamente en el sofá. El ronroneo me dice que la vida está allí, que la vida es sencilla, que la vida es inacabable. Cuando me despierto abruptamente a las tres de la madrugada, al principio me siento apesadumbrado, aterrorizado por la oscuridad; entonces percibo el zumbido del inexpresivo tubo de rayos catódicos y me vuelvo para recibir la bendición del cuadrado que me baña con su luz brillante desde la oscuridad. Cuánto envidio a esas personas que viven en zonas donde pasan películas toda la noche.”

Frederick Exley en Desventuras de un fanático del deporte, Duomo Ediciones, 2011 
Trad. Antonio-Prometeo Moya, pp. 213-214