LUNES, 7 DE MAYO DE 2012

LOS OLVIDADOS
Is there a ghost?[1]
ESCALOFRÍO EN LA NOCHE


En el capítulo de hoy de Los Olvidados quiero hablaros de una de mis novelas favoritas de 2011, que no apareció en casi ninguna lista de los mejores libros del año; una novela de género, tan buena que lo dignifica, con una trama bien urdida y unos personajes inolvidables, escrita por una mujer británica. Como alguno ya estará diciendo «eh, inútil, se te va la olla, ya escribiste sobre eso», aclaro: no estoy hablando otra vez de Esperando noticias, de Kate Atkinson. El año pasado se publicaron al menos dos novelas que compartían todas esas características, e incluso algunas más. Ahora me estoy refiriendo a El ocupante, de Sarah Waters.

Una breve confesión: dos cosas que me interesan poco o nada son los animales y los niños. Lo cual no me impide disfrutar de las cartas de Chandler sobre su gato, de películas como En busca de Bobby Fischer (que combina niño y ajedrez, pocas mezclas más coñazo se me ocurren), o de novelas como La historia de Edgar Sawtelle (¡niño y perros!); lo que quiero decir es que un buen narrador puede conseguir que cualquier tema resulte atractivo, al menos durante un rato. El ocupante trata, entre otras cosas, de la lucha de clases en Inglaterra, asunto que atrae a un amplio sector de la población,[2] pero que a mí me aburre profundamente. Los problemas laborales y familiares de un gánster cutre de Nueva Jersey; un profesor que se traslada de 2011 a 1958 a través de un agujero temporal para impedir el asesinato de JFK; una película hipnótica, tan irresistible que no puedes dejar de verla hasta que mueres; esos son argumentos que me interesan. Pero ¿el sistema de clases británico? Not my cup of tea. Y sin embargo, la extraordinaria narradora Sarah Waters consiguió volvérmelo atrayente hasta el punto de hacerme perder horas de sueño; no pude dejar la novela ni un minuto y tuve que devorarla de un tirón hasta el final.



Bien es verdad que a mí me atrapó con el reclamo de lo sobrenatural: el libro es, ante todo, una terrorífica y absorbente historia de fantasmas ambientada en una mansión británica después de la Segunda Guerra Mundial. Pero es mucho más que eso. A partir de un clásico argumento de casa embrujada a la antigua usanza (en Hundreds Hall, la decrépita mansión propiedad de la aristocrática familia Ayres, empiezan a ocurrir sucesos inexplicables; un siniestro ocupante parece irse adueñando de la casa y de la vida de sus moradores), Waters lleva a cabo un fascinante y crítico retrato de la Inglaterra de 1947 y una crónica de un cambio social imparable. Hundreds Halls se convierte así en una metáfora de un mundo que se extingue, y en el que la clase, los prejuicios y el resentimiento conforman una fuerza tan oscura, malévola y amenazadora como el supuesto fantasma.


Hay en la novela de Waters muchos y muy variados ecos: por supuesto, La Caída de la Casa Usher y Otra vuelta de tuerca, pero también el horror de Lovecraft, el gótico de Susan Hill y Shirley Jackson, Rebeca, Cumbres borrascosas, las novelas de Thomas Hardy, Retorno a Brideshead y Los restos del día. Pero lejos de hacer un refrito, la escritora mezcla sabiamente sus influencias, transita con naturalidad entre los diversos géneros con una prosa elegante y directa y, sobre todo, lleva a cabo un sentido homenaje a la tradición fantástica y gótica de las literaturas inglesa y estadounidense. Son admirables su profundo conocimiento y respeto por el género: al igual que Kate Atkinson en Esperando noticias tiene claro en todo momento que está escribiendo una policiaca, Sarah Waters siempre tiene presente que está escribiendo una de terror. Sabedora de que estas novelas deben construirse lentamente, maneja con brillantez un ritmo pausado que va acrecentando nuestro desasosiegocreando una atmósfera opresiva y consiguiendo que aceptemos la explicación sobrenatural a los misterios como la más probable. En estos tiempos que corren —literalmente—, en los que la pausa cada día pierde adeptos frente a la prisa, que uno de los principales alicientes para recomendaros El ocupante sea su lentitud es un auténtico gustazo.


En definitiva: si no habéis leído El ocupante y vais a hacerlo, os envidio. Tenéis por delante una delicia de novela, apasionante, enigmática, inquietante y de múltiples lecturas. Solo una cosa más. No os aconsejo leerla como yo lo hice: a solas, de noche, con una lámpara encendida y el resto de la casa a oscuras. Si lo hacéis, puede que en algún momento oigáis un crujido; os recorrerá un escalofrío, y quizá os parezca sentir una presencia en la habitación... Y, aunque os tranquilizaréis diciéndoos que eso es una tontería, creedme, no querréis mirar hacia las sombras.[3]





[1] Título robado de la canción que abre Cease to begin, el segundo disco del grupo de Seattle Band of Horses, que viene al pelo.

[2] (sin ir más lejos, mirad el reciente éxito de la serie Downton Abbey)

[3] Post scríptum motivado por algo que no pienso dejar pasar: la monumental pifia de un traductor que pone la palabra okupa en boca de una aristócrata de los años 40. Lo juro. Página 35. Un fuerte tirón de orejas, señores de Anagrama.