VIERNES SANTO, 6 DE ABRIL DE 2012

PARATIEMPOS
El peaje de los misántropos asustados
DAN FANTE Y LA MEJOR EPIFANÍA ATEA DE LA HISTORIA


        Para festejar la semana santa, les dejo un texto verdaderamente edificante. Está a mitad del nuevo libro de Dan Fante, Fante, un legado de escritura, alcohol y supervivencia, que es una memoria familiar, centrada en la figura de John Fante, guionista del Hollywodd de los 50', novelista ninguneado en vida y de culto póstumamente y del propio Dan, su hijo, aventurero callejero, desesperado explorador del exceso, alcohólico recuperado, devenido en escritor en los últimos veinte años. Es un libro extraordinario, un poco caótico, pero lleno de vidas al límite e historias de supervivencia. También un buen retrato del mundillo del cine de los 50 ' y de la vida en las calles de Nueva York en los 60' y 70'.



        El planteamiento de la escena que ocupa las páginas 204 y 205 ya lo hemos visto muchas veces, en libros y en películas; se trata del típico momento previo a la redención del maldito. Ya saben, el tipo está reventado, ha estafado y ha sido estafado, ha robado y le han robado, ha trapicheado, ha vivido años y años borracho o drogado, todas las novias lo han dejado, ha hecho daño a gente a la que quería, no ha parado de revolcarse en la mierda y ya no puede más. Acaba de pasar una curda de varios días en la que ha terminado cortándose las venas sin éxito, ha estado a punto de moler a golpes a su jefe porque sí, y entonces, sin saber bien por qué, para su taxi en la puerta de una iglesia y entra. Y entonces viene esto:

       Mi pacto con Dios siempre se había basado en que pasáramos el uno del otro. Estaba bastante convencido de que algún día Él me dejaría convertido en una mancha de grasa en algún callejón o haría que me mataran por cabrear a un borracho de la calle. Siempre había mantenido mis distancias con el capullo grandullón de larga túnica, barba blanca y cruz llameante. Pero ahora, desde el incidente del hormigón líquido que chafó mi taxi, estaba obsesionado de forma casi permanente con la idea de mi propia muerte.
       Ya en el interior de aquella inmensa y silenciosa iglesia, prácticamente vacía, fui hasta el fondo y me arrodillé ante el largo comulgatorio bajo una estatua de la Santa Virgen.
       Estaba solo. Aquello era como un mausoleo inmenso; el frío aliento de Jesucristo estaba por todas partes, cobrándoles peaje a misántropos asustados como yo.
      Cerré los ojos e intenté rezar. Cosa de un minuto más tarde, la única sensación que tenía era la de vacío. Seguí repitiendo una y otra vez la única oración que se me ocurría: Dios, ayúdame. Dios, ayúdame.
Pasé largo rato con los ojos cerrados con todas mis fuerzas, puede que unos diez minutos.
         Entonces noté algo, la presencia de alguien junto a mí. No un santo ni la virgen ni Dios, sino alguien que apestaba. Abrí los ojos. Allí, de rodillas a mi lado sobre el frío mármol había un vagabundo, un tipo de la calle sucio y melenudo. Apretó su hombro contra el mío.
       Puede que el altar vacío sobre el que estábamos arrodillados tuviera veinticinco metros de largo, pero por lo visto aquel réprobo hediondo había decidido incordiarme a mí.
        Nos miramos el uno al otro. A él se lo veía lúcido y despejado. Iba sin afeitar y tenía cara de cansancio. Finalmente sonrió y me preguntó:
          -Eh, amigo, ¿puedes echarle un cable a un hermano?
         Aparté la vista, cerré los ojos e intenté hacer como si no estuviera.
         -Eh -susurró mientras me daba otro empujoncito-, ¿puedes ayudarme?
         Sin mirarlo, le espeté:
         -Oye tío, ayúdate tú solo.
         Y entonces desapareció.
         Pasaron algunos momentos más. Seguía notando su presencia, así que me volví de nuevo hacia él, pero había desaparecido; solo la impresión de su presencia seguía allí.
       Cuando volví la vista atrás vi un centenar de bancos de iglesia y quizá media docena de personas arrodilladas o aguardando junto al confesionario, pero el vagabundo había desaparecido. De repente me estremecí. Me di cuenta de que aquel no había sido ningún vagabundo. Yo había dicho "Dios, ayúdame" y la respuesta que recibí había salido de mi propia boca: "Ayúdate tú solo".