VIERNES, 20 DE ABRIL DE 2012

TENGAN CUIDADO AHÍ FUERA
Las atroces miserias del mundo televisivo al descubierto
LO QUE JAVIER SARDÁ NUNCA SE ATREVIÓ A TELEVISAR


Supermame, de Pablo Álvarez Almagro. Editorial Pepitas de Calabaza.
El autor estará presentando la novela en Librería Muga el próximo lunes 23 de abril a las 20:30h
durante La Noche de los Libros


     Pablo Álvarez Almagro, guionista de cine y televisión, periodista, ha escrito un libro colosal por su fuerza narrativa y por su ritmo trepidante de acción. Estamos ante una novela que se bebe de un sorbo. Un trago amargo, visceral y violento, protagonizado por un ser absolutamente individualista y sin ningún pudor o moral que le haga controlarse. Como el personaje protagonista de American Psycho de Easton Ellis, el de Supermame, convierte sus obsesiones, manías, sadismos, odio y vacío existencial en una secuencia de actos de moralidad dudosa, y divertidos también. Su lado oscuro se desata y no deja títere con cabeza. Sin pudor, sin un ápice de hipocresía, descargando sus mazazos sobre los profesionales de la televisión y sobre las audiencias y públicos dispuestos a tragar mierda, cualquier mierda que contenga vicio, decadencia y sexo sin cortapisas, en un lenguaje directo y sin concesiones. Contiene elementos de novela negra y es un retrato sociológico de una sociedad televisiva y consumista sin retazos de moralidad. Una provocación creada con toda la intención del mundo y que no te deja respirar, te incomoda, te golpea el hígado de mala manera. Es también una parodia de sí mismo y su trabajo como profesional de los medios audiovisuales. El autor reflexiona mediante el protagonista de la siguiente manera al preguntarse qué es la televisión (págs. 95-97):


¿Qué es la tele? La tele es mierda. Mierda concentrada, mierda centrifugada, mierda sazonada, mierda rebuscada, mierda removida, mierda potenciada al cubo, mierda recauchutada. Mierda pringosa y maquillada que se cocina y se envasa para que no huela ni sepa a nada. Esa mierda insípida se la metemos después al telespectador directamente por los putos ojos, más efectivo aún que inyectársela en vena, para que invada y abotargue sus necios sentidos. ¿Quién ve la tele? La tele la ve toda la gente normal. ¿Y qué coño es eso? La gente normal es una masa obtusa y estúpida compuesta por millones de individuos gilipollas que se creen que son libres y responsables de sus tristes vidas, cuando en realidad no son más que marionetas a las que se maneja sutilmente para que vayan de aquí a allá, siempre trabajando, siempre obedeciendo, siempre estrictamente dentro de las normas. Esclavos bien pagados los menos, o mal pagados los muchos más; que sacrifican hasta su último aliento para mantener su triste estatus dentro de unas estructuras en las que viven permanentemente aterrorizados por el despótico poder que sobre ellos ejercen sus superiores, que a su vez viven también aterrorizados por sus propios jefes, y así sucesivamente hasta completar todo el puto escalafón de eso que tristemente se llama el pueblo. El programa de televisión definitivo será aquel que les dé todo lo que verdaderamente necesitan a todas las amas de casa mal folladas de todas las edades de España, a todos los emigrantes sudamericanos analfabetos, a todos los funcionarios y funcionarias apolillados y aburridos de todo, a todos los jóvenes becarios, a todos los viejos becarios, a todos los oficinistas que se pasan las ocho horas que fichan sentados delante del ordenador, perdiendo miserablemente el tiempo, disimulando y pensando que nadie sabe que está viendo páginas de Internet o excitándose en algún Chat guarro, a todos los estudiantes fracasados que no saben lo que es un libro y se pasan ocho horas al día con la cara a dos palmos de la pantalla porque no tienen novio ni novia y no saben hacer otra cosa mejor, a los comerciales y comerciantes, que son capaces de vender su alma con tal de venderte lo que sea, a los que tienen trabajos que no entienden, a los teleoperadores que te llaman a tu casa a cualquier hora para que te cambies de banco, a los policías, a los conductores a los que le pillan siempre los atascos, a los soldados profesionales, a los universitarios, a los cotillas insatisfechos que ven los programas de corazón para desahogar sus penas con las desgracias ajenas, a los que van en bici y se preocupan por el medioambiente, a las aspirantes a actriz, a los maricas casados que no salen del armario y se pasean como zombis con gafas oscuras por los lavabos de los intercambiadores de autobús, a los que opositan, a los que llenan los estadios de fútbol y a los que ven los partidos por la televisión, a los autónomos, a los conductores del transporte público, a los periodistas que mienten y a los abogados que engañan (perdón por los eufemismos), a los ejecutivos, a los políticos que son corruptos y presumen de honestos y a los que no alardean de nada, a los que odian profundamente sus trabajos y, en general, a todas y cada una de las personas de este puto país a las que, en realidad, aunque la mayoría no tenga huevos ni de planteárselo siquiera, no les gusta una mierda la vida gris que llevan. Es un número enorme de personas.


     Una reflexión brutal sobre el público posible de un programa basura. Si Quentin Tarantino lee algún día esta novela, tendremos un peliculón de los suyos con el estilo afilado y original de Pablo Álvarez Almagro.




Supermame. Editorial Pepitas de Calabaza.