JUEVES, 01 DE MARZO DE 2012


PARATIEMPOS
No permitáis que vuestro aspecto os preocupe
LAS NUEVAS SEMILLAS DE INDIGNIDAD DE OSAMU DAZAI

El mundillo literario me señaló: “Tiene talento -dijeron-, pero carece por completo de moral”. Yo creo que más bien sucedía lo contrario; en mí habitaban las semillas de la moral, pero ningún talento. No poseía eso que se llama genio literario. No conocía más técnica que la de embestir con todo mi ser. Soy zafio y poco refinado; uno de esos que se adhieren con escrúpulos a la rígida ética que implica ganarse el sustento, pero...
...que se desespera cuando no le queda mas remedio que vivir según los dictados de esa ética y, por tanto, acaba por comportarse de la manera más vergonzosa y degradante. Me crié en un ambiente estrictamente conservador en el que las deudas eran el peor de los pecados. Para saldar las mías, me endeudaba cada vez más. Para ayudarme a borrar la humillación que sentía, aumentaba mis dosis de droga y mis facturas con la farmacia no hacían más que hincharse. Recuerdo un día que caminaba por Ginza, sollozando y lamantándome a plena luz del día. Quería dinero. Lo necesitaba. Había pedido, en ocasiones extorsionado, a cerca de veinte personas. No podía morir. No al menos hasta que liquidase el último préstamo.
 (Osamu Dazai, en Ocho escenas de Tokio, Sajalín editores, 2012)
 
          Los lectores entusiasmados de Dazai no tenemos justificación. Fingimos muy bien, sí, tenemos coartadas cultas. Al fin y al cabo, leemos e idolatramos a un escritor existencialista japonés de los años '40. Un escritor que podríamos emparentar tanto con Sartre como con Bukowski, pero cuya narrativa ha envejecido mucho mejor: si no fuera por sus referencias históricas (ese Japón loco que entró en la segunda guerra mundial) podríamos pensar que sus Ocho escenas de Tokio fueron escritas antes de ayer. Al recomendar a Dazai, sí, hablaremos de la autenticidad, el vacío y la nada. Todo una cosa que suena muy sofisticada. Pero la verdad es que en el fondo somos zafios y poco refinados. Somos mas o menos como los que se paran a ver el accidente en la carretera, como los que aplauden y vitorean en los concursos de borrachos, como los que buscan peleas callejeras chungas en el youtube. Somos peores aún: hacemos todo esto con el disfraz del refinamiento literario.

       Porque, al final, los relatos de Dazai hablan sobre todo de esto: de tipos miserables, de sus engaños, de sus borracheras, de sus deudas, de sus intentos de desintoxicación en balnearios termales de provincia, de sus éxitos literarios esporádicos y de sus planes de suicidio. Es difícil entender por qué, pero el efecto sobre el lector es de aprendizaje, de compasión y de admiración. Es difícil saber si es justamente “el genio literario”, su poesía existencial simple, la belleza pesimista de sus narraciones, o son esas “semillas de moral” que habitaban en él: su martirio vital al servicio de nuestra mitomanía. Es incómodo pensarlo y decirlo, pero quizás uno está influido por wikipedia y por las solapas de sus libros que indican que tanto Indigno de ser humano como este Ocho escenas de Tokio son relatos autobiográficos. Que el tipo realmente fue hijo de una acaudalada familia de provincias, que llegó a Tokio en 1930 a estudiar literatura europea, se aburrió, se hizo escritor, alcohólico y drogadicto, que convivió con prostitutas y fue mantenido por ellas, que aunque el comunismo le parecía ridículo militó muy activamente en una célula comunista clandestina y fue encarcelado y torturado por la policía por eso; que intentó, en fin, suicidarse en varias ocasiones hasta conseguirlo realmente en 1948. No es para sentirse orgulloso pero este “realmente” influye en nuestro juicio, en nuestro goce literario. 

         Como si Dazai y todos los de su clase (como Dan Fante o Edward Bunker, también editados por Sajalín en España) lúcidos, malditos, indignos de ser humanos, al contarnos sus terribles vivencias y sus visiones se convirtieran realmente en mártires de la verdad.

        De la decena de curiosas fotos de Dazai que (para alimentar aún más nuestra mitomanía) trae Ocho escenas de Tokio, mi preferida es la última, fechada el 25 de diciembre de 1947 en la que sale el propio Dazai charlando, fumando y riendo junto a unos niños sin hogar, en un parque de Tokio. Eran los años inmediatamente posteriores a las bombas atómicas y a la rendición incondicional de Japón. Años de derrota y devastación. La foto no es muy buena, pero si uno viene leyendo a Dazai, emociona: muestra una comunión mágica, la alegría desesperanzada de los niños abandonados, de los vagabundos y de los derrotados. El relato al que ilustra la foto, se titula Demonios apuestos y cigarrillos y cuenta cómo Dazai fue emborrachado y llevado por unos periodistas al parque Ueno para ser entrevistado y fotografiado junto a los miserables. Por su propia obra y para su propio horror, a un año de su muerte, con 38 años de edad, Dazai se había convertido en eso, un “demonio apuesto”, un niño terrible, un ser talentoso, autodestructivo e irracional que representaba mejor que nadie el espíritu de la época nuclear. Sabemos al menos que esos niños, igual que nosotros, los zafios y poco refinados admiradores de Osamu, recibieron su bendición:

Los ángeles vuelan en el cielo. Dios dispone que sus alas desaparezcan y caen suavemente en cualquier parte del planeta como si estuvieran colgados de paracaídas. Yo aterricé en la nieve del norte del país, tú en una arboleda de naranjos del sur y estos chicos en el parque de Ueno. Esa es la única diferencia entre nosotros. Creced rectos y auténticos, chicos. Recordad: no permitáis que vuestro aspecto os preocupe. No fuméis. No bebáis excepto en ocasiones especiales. Encontrad una chica recatada, moderadamente elegante y enamoraos de ella durante mucho, mucho tiempo.
(Osamu Dazai, en Demonios apuestos y cigarrillos)