MARTES, 28 DE FEBRERO DE 2012


LECTURAS AL PASO
El miedo y el orgullo
SOBRE LA DESCRIPCIÓN DE LA VIDA DE LOS JUDÍOS POR UN PERIODISTA FRANCÉS QUE VIAJA POR EUROPA EN 1929.

                    No sé si le sucederá lo mismo, pero yo me suelo poner muy nervioso cuando me doy cuenta que hablo exclusivamente con tópicos y generalidades sobre algún tema. La lengua se me traba, las rodillas empiezan a temblar, los tobillos se hacen un nudo y en el peor de los casos acabó desplomado en el suelo. La mayor parte de las veces sólo me cojo un enfado monumental y me prometo no caer en el mismo error. Con algunos temas me ocurre esto desde que tengo uso de razón. Un ejemplo: la cuestión judía. Pero a partir de hoy, febrero de 2012, hay algo de luz en este agujero oscuro. El responsable de ello es Albert Londres. Me imagino a este tipo en 1929, presentando a su editor unos artículos breves que había escrito sobre la vida de las comunidades judías en el barrio londinense de Whitechapel y convenciéndole de que era imprescindible que la opinión pública conociera cómo vivían los judíos europeos por aquella época en que algunos empezaban a instalarse en Palestina. Y que debían pagarle por ello. Un periodista admirable, sin duda.




        Durante el primer semestre de 1929, Albert Londres realizó un viaje en busca de las comunidades judías que se habían dispersado por diversos lugares del este de Europa. En medio del crudo invierno, conoció a los judíos de la Rusia sudcarpática, que habitaban regiones que ahora pertenecen a Ucrania, Chequia o Rumania. Habían llegado allí huyendo de diferentes persecuciones, todas unidas por el mismo signo: el rechazo y el odio. Conoce a los judíos salvajes de los Maramures, que creían que la única manera de sobrevivir era vivir ajenos a la civilización. Se encuentra también con los judíos temerosos de Transilvania, Besarabia y Bukovina. Y con los judíos vapuleados del gueto de Lvov. Y con los ortodoxos de la fe del gueto de Varsovia.

            Londres había empezado su camino entre los judíos asimilados de Europa occidental. En Francia o Inglaterra sólo debían temer a las desgracias que asolaban al ciudadano común. A lo largo de su viaje por Europa Oriental, Londres escribe un tratado sobre el miedo, sobre los temores atávicos que atraviesan y sostienen los cimientos de las comunidades políticas. Describe con precisión el estado de postración en el que vivían los judíos, como una tribu prehistórica que se protege de los animales salvajes, como un pueblo medieval que entrega los diezmos para evitar la cólera del señor feudal al que están sometidos. Comprende también que a un pueblo que sigue leyes antiguas y cuya única esperanza es la llegada del Redentor le resultará imposible vivir en pie de igualdad. Aún así, sabe descubrir los matices:

"El pueblo judío es como los demás pueblos. Tiene a su gente satisfecha y a su gente infeliz. Y los satisfechos no se ocupan de los infelices. Lo que lo distingue es el hecho de haber sido despedazado. Toda nación tiene su imagen. No tiene más que fijarse en las monedas. Están acuñadas con la imagen de un gallo, o de una cabeza de mujer, o de un haz, o de un águila, o de un rey. La imagen del pueblo judío debería ser cubista: ¡los brazos por un lado, la cabeza por el otro, las piernas en un rincón y el tronco ausente! Los judíos de América y de Europa Occidental representan la cabeza. Los siete millones de asentados en Rusia, en Polonia y en Rumanía, son el tronco. Los que, como yo, se han puesto en marcha hacia no sé qué son las piernas."

             Como su amigo Ben, quien dice las palabras citadas arriba, algunos se han puesto en marcha. No todos lo hacen en la misma dirección, pero sin duda hay una nueva estirpe de judíos abriéndose camino. Desde la primera década del siglo XX, ya no habrá solamente asimilados y encarcelados. Del tronco ancestral de las tribus de Israel, una nueva rama se ha hecho fuerte y sólida: son los judíos iluminados, como los llama Londres. Son, claro está, los sionistas.
               
                  Es conocido que el principal impulso externo que recibió el sionismo fue la declaración del canciller británico Lord Balfour en 1919 por la que aseguraba el apoyo del gobierno británico a la creación de un hogar nacional judío en territorios de Palestina. Desde ese momento hasta ahora, la historia de la creación y consolidación del Estado de Israel es una de las grandes epopeyas que recorren el siglo XX. En la primavera de 1929, Albert Londres sabe que tiene que acabar su viaje visitando las comunidades judías asentadas en Palestina. Si en su travesía por el Este de Europa principalmente se topó con el miedo, los judíos de Palestina se le presentan como un ejemplo de orgullo y determinación humana. Cuando contempla la ciudad de Tel Aviv, escribe:

"Un día un judío tuvo un sueño. Vio a sus miserables compatriotas romper sus cadenas, alzar el vuelo, atravesar el mar y posarse, transfigurados, en el suelo de sus antepasados. De esclavos que eran, se convertían en seres libres. En su alma, el orgullo sustituía al temor. Y cada cual podía asomarse a su ventan y gritar. "¡Soy judío, y esa es mi gloria!", sin arriesgarse inmediatamente a ser enganchado a la cola de una yegua salvaje."

                  Londres no es un iluso y ya anticipa que el conflicto con los árabes no se resolverá pronto. De hecho su libro termina en el verano de 1929, cuando las primeras hostilidades se han desatado ya. Sabe que los árabes han tolerado a los judíos piadosos que iban a morir a Tierra Santa o a los judíos que, financiados por el banquero Rothschild, han comprado tierras en Palestina para dedicarse a la agricultura. Pero sabe también que nunca podrán convivir con los sionistas, con los judíos que se dedican a la política.

           Sin embargo, los seis meses de viaje de Albert Londres habían causado una profunda impresión en él. Y le habían dejado una gran certeza: los sionistas, el judío nuevo del siglo XX no se iba a someter. Había una posibilidad real de que los vencieran y los exterminaran. Pero no conseguirían someterlos. No lo dirá con las palabras que voy a utilizar, pero hay algo que Londres vio y que recorre las páginas de El judío errante ya ha llegado hasta dejarme boquiabierto. Los sionistas eran los judíos iluminados. ¿Acaso eran más religiosos que los demás? ¿Acaso Dios les había concedido más luz que a sus hermanos? ¡No! El sionismo es la manera en que los judíos entraron en su particular siglo de las Luces: son iluminados porque son los hijos de la Ilustración. La revolución que se había iniciado en Francia a finales del siglo XVIII había hecho mella por fin en los hijos de Moisés. ¿Un siglo después? Poco me parece para un pueblo que se resiste a aceptar como propios los asuntos terrenales. Theodor Herlz es el Voltaire de los judíos y Ben Gurion, allá por 1948, sería su Napoleón. Libertad frente al temor y la opresión, igualdad ante cualquier otro hombre, fraternidad entre todos los que componen un nosotros. ¡Autodeterminación!, gritarían los judíos de Palestina, si esa palabra no se hubiera generalizado más adelante.

"Llegaban con el alma enardecida. Diez mil, veinte mil, cincuenta, cien mil.  Eran la última ilustración de los grandes movimientos de ideas a través de la historia. La fe los transportaba, no en lo divino, sino en lo terrenal. Venían a conquistar el derecho a ser lo que eran. Fue un hermoso espectáculo. Médicos, profesores, abogados, pintores y poetas, arremetiendo contra el país salvaje, tomaron pico y pala."

             Vuelvo al principio. Gracias a Albert Londres creo conocer algunos matices más. Puedo comprender mejor los procesos políticos que hicieron que aquellos polvos se convirtieran en estos lodos. Y en el espejo que se me pone delante descubro, no sin asombro, que el árbol del sionismo, ese gran mal que tantos señalan en nuestro mundo, hunde sus raíces en las mismas tierras en que desde hace siglos todos nosotros sembramos.