La ley del Menor. Ian McEwan


Mientras  se enfrenta a un problema matrimonial Fiona Maye, una jueza inglesa del Tribunal Superior de Familia, recibe un caso especialmente delicado: un menor de edad necesita una transfusión de sangre urgente pero tanto él como su familia se niegan a que reciba la sangre debido a sus creencias religiosas.  

Por una parte, su vida conyugal se ve repentinamente sacudida cuando su marido siente que el aburrimiento se ha apoderado de su vida de pareja y le pide permiso para tener una aventura extra matrimonial. La sorpresa y sus suposiciones respecto a la doble vida que puede estar llevando su marido la acompañarán durante toda la novela.


Al mismo tiempo, en su vida profesional se enfrenta a uno de los casos más complicados e interesantes con los que se ha cruzado en su larga trayectoria: un menor de edad se niega a recibir el tratamiento médico que le salvará de la vida. Adam Henry, el menor enfermo de leucemia, y sus padres son Testigos de Jehová y se niegan a que el hospital en el que se encuentra ingresado le realicé una transfusión de sangre y no ven otra solución salvo acudir a un juicio en el que Fiona tendrá que investigar a fondo para deliberar que es lo mejor para todos. Deberá deliberar si Adam tiene derecho a morir o si el Estado le puede forzar a recibir un tratamiento que le salve en contra de su voluntad.

Resulta igual de interesante la propia historia del protagonista principal como las que la jueza va recordando a lo largo de su carrera sobre la vida y el destino de otros menores. Pero sobre todo nos hace reflexionar y ser conscientes de nuestros propios prejuicios y  pensamientos, especialmente cuando los abogados de cada una de las partes exponen sus argumentos.

¿Puede un menor de edad decidir su futuro? ¿Esa decisión debe depender de los padres, de lo que opine un tribunal o un juez? Incluso ¿Cuándo nos hacemos mayores de edad? No conozco ningún caso a mi alrededor de alguien que con 17 años y 364 días de vida cambie a partir de las 00:00 horas de esa noche y de repente "sea mayor". Sobre todo porque McEwan no nos presenta a un menor cualquiera influenciado por uno padres absorbentes ultra religiosos como puede parecernos en un primer momento, si no a un joven sorprendentemente inteligente y maduro que expone sus argumentos-aunque religiosos- en contra de la transfusión de sangre que quieren hacerle en su propio cuerpo.

Como ocurre siempre con las obras de McEwan, este caso ejemplifica los dilemas morales y los conflictos de la sociedad de hoy en día. El choque de pensamientos y religiones cuando una vida depende de la decisión de otra persona ajena a ese cuerpo (¿alma?) que se quiere salvar. Y esa sensación de que todo el mundo alrededor de esa persona parece querer que su propio pensamiento  sea el que prevalezca, como vemos en los personajes secundarios que acompañan a Adam todo el tiempo: las enfermeras, los abogados, los trabajadores sociales, los médicos,...

¿Qué decisión tomará Fiona? Ésta es la cuestión principal que nos acompañará mientras pasamos páginas buscando esa decisión final. Pero sobre todo... ¿quién debería realmente tomar esa decisión?