MIÉRCOLES 30 DE OCTUBRE DE 2013

Breve encuentro con Chirbes
MIÉRCOLES 23 DE OCTUBRE. SIETE DE LA TARDE, LIBRERÍA MUGA, VALLECAS.. POR MIGUEL ÁNGEL DÍAZ-RULLO.


Acudir a una cita con un novelista en la librería Muga es siempre una noticia gratificante. Por norma general nos presentamos unos pocos aficionados a esto de la lectura reposada y reflexiva, que o bien encumbramos al autor o bien sentimos una curiosidad expectante, como es mi caso. Me siento intrigado por descubrir la mirada y las manos de aquel escultor de palabras del que me he quedado prendado en mi última aventura lectora.
Llegué a Chirbes por recomendación de Pablo, al que acudo asiduamente en busca de consejo. Y aunque siempre tengo cierta reticencia a que me defraude la persona que allí se presenta como esa rara avis escritora, cierta ansiedad provoca mi expectación. Será la incógnita que sugiere el estar frente a frente con el ser humano que se esconde detrás del muro de palabras de su última novela.


Y sí, he de decir que Chirbes es todo un ser humano, cercano, cordial, socarrón, sarcástico, e individuo individual frente a un mundo globalizado por este capitalismo destructor del que sufrimos sus efectos laxantes y del que no queremos apearnos. No hay más que fijarse en esa mirada escéptica que provoca la experiencia de muchos años en este minúsculo planetoide que habitamos.
Chirbes tiene esa salud clarividente que los años decantan, y lo expone con claridad en sus obras, con ese ácido corrosivo carente de toda floritura lingüística. Es en su empalizada literaria en la que hay que saber encontrar los resquicios por los que colarse y visualizar que, más allá, no hay nada, solo un páramo maldecido por los seres que lo habitan.
“En la orilla”, Chirbes lo describe de forma tan directa como un puñetazo al estómago. Según nos adentramos en esa lectura adictiva, encontramos un paisaje de seres humanos actuales por su cercanía, que reflejan el devenir de nuestros grises días de neoliberalismo caníbal, donde todo es susceptible de deglución, nada se desperdicia, todo se trajina en pos de la supervivencia y el capital. Darwinismo económico, donde solo sobrevive la especie más fuerte, sinónimo de la más lista o de la más corrupta. No hay redención posible. Los personajes nos lo auguran. Y el pesimismo se convierte en un negro manto que lo cubre todo, transfigurándolo en desolación.
Nos lo cuenta con esa voz socarrona y endurecida por la edad. Y nos lo confirma con sus respuestas. Él está en esta vida por accidente, como todos los que estamos escuchándole, y no tiene esperanza en que la situación, que refleja en su última novela, cambie. Nada va a cambiar, ni siquiera el pesimismo que denotan. Él no escribe para regocijo de los lectores. Escribe lo que necesita extraer de su interior para sentirse un poco menos pesado, mas liviano, y más conforme consigo mismo, aunque nada de lo que escriba vaya a disimular el desasosiego que emponzoña la realidad. Alguien le sugiere algún atisbo de optimismo en sus personajes. Su respuesta es contundente. Sólo hay supervivientes honestos, en caso de que salvemos a alguno de ellos.
Esteban, su protagonista, me recuerda mucho a mi generación –aquí cabría hablar de degeneración– de maduros burguesitos que hemos vivido el milagro del ladrillo, del enriquecimiento ilícito, de la hipoteca basura, del auto de alta gama, de las vacaciones en jaulas de cristal en resorts caribeños, de un paraíso del que nos creíamos con derecho a disfrute. Años de bonanza económica que han laminado de valores solidarios, la sociedad y a los que por ella trasuntan. No prima el bien común. Viva la república del pisito, unos metros cuadrados de miseria humana. Ilusos. Adocenados ciudadanos sin conciencia de clase. Ya se ha encargado la sociedad de consumo de quitarnos la poca que nos quedaba.
Ahí aparece también el promotor inmobiliario nacido al albur del ladrillo, contrapunto del nuestro antihéroe depresivo. Ave de rapiña en el mar de la especulación que arrastra a nuestro personaje a su ruina económica y moral. Cuántos Esteban y promotores rodean nuestra vida.
Y para aderezar la salsa literaria el drama de la emigración, la prostitución, el amor perdido o ensoñado, la violencia de género, la decrepitud de la vejez, el cierre del pequeño negocio. Nada, absolutamente nada se salva del escalpelo con el que disecciona ese cadáver que llamamos realidad.
Leer a Chirbes es como pasear por las calles de tu barrio, de tu ciudad, y prestar atención a los sujetos que las habitan. Porque no ha hecho otra cosa que coger a esos personajes de nuestro mundo y transformarlos en novelables, para que naveguemos por sus páginas, no de una forma suave y condescendiente, no; desde la amargura que provoca el abismo de la desesperanza.
Ahí conecto con él y con su forma de escribir, porque Chirbes no es un autor de fácil lectura. Nos deja desnudos, sin argumentos, sin esperanza. Y nos lo escupe a la cara desde las tripas, en forma de monólogo, donde los signos de puntuación pierden el sentido, donde los párrafos desaparecen formando una muralla compacta que no da tregua al desasosiego. Quiero creer que escribe desde las tripas y no desde un planificado diseño de argumento. Y así lo confirma durante el encuentro. Las cosas me salen así. Puedo llegar a escribir seiscientos o setecientos folios. Luego les doy forma. Es su proceso literario, el proceso de un autor tan actual como el aire que respiramos, y tan necesario como éste. Deberían proponerlo como lectura obligatoria en el bachillerato. 

Alguien le pregunta, al final del encuentro, si en su próxima novela no cambiará su pesimismo sobre el mundo con personajes menos existenciales. Mire, señorita, búsquese usted un novio y disfrute, pero no me pida algo que no voy a ser capaz de transmitir por ahora. 
Ahora hagan ustedes lo que crean conveniente. Yo, a lo del disfrute me apunto. A lo de intentar cambiar a una realidad optimista… también. Pero me temo que por mucho que lo intente, la desesperanza me podrá. Aunque, eso sí, me quedan las lecturas de Rafael Chirbes para lamerme las heridas.