Librero de Guardia / 9

Ante todo no hagas daño, Henry Marsh, Salamandra, 2016
 
   Si algo define las memorias del neurocirujano británico Henry Marsh es la valentía y sinceridad con la que cuenta su vida. Sorprende desde el inicio esa asombrosa capacidad de narrar el día a día de un médico que ya cerca de su retirada, decide contar, a pecho descubierto, sus momentos más intensos. Con ternura y humor -cuando es posible-, el neurocirujano construye un relato conmovedor y profundo en el que no huye de sus errores, ni maquilla los trágicos desenlaces que conlleva muchas veces su trabajo. “Saber cuándo no hay que operar es tan importante como saber operar, y la experiencia en lo primero es más difícil de adquirir” dice el médico al principio. Por supuesto, también hay hermosos momentos y emocionantes finales para sus pacientes, como el caso de Melanie, cuando Marsh opera a una paciente embarazada de un tumor que la está dejando ciega y acaba felizmente. Ese mismo día pierde a otra paciente que morirá en escasas horas. Ese es el brutal contraste entre la vida y la muerte a la que se enfrenta el cirujano a diario como las caras de un dado que hay que saber lanzar, pues aunque el propio doctor hable en el libro de la suerte como un factor primordial en sus intervenciones, sin su pericia, sería imposible que de sus manos dependieran la salud, la vida y la alegría de un paciente y sus familias.
   La vida de un neurocirujano nunca es aburrida y puede llegar a ser muy gratificante pero tiene un peaje enorme, pues como todo humano, comete errores en su profesión y debe aprender a vivir con esas trágicas consecuencias, muchas veces espantosas. Así es sorprendente la sinceridad del neurocirujano en su narración, pues casi ningún médico es muy dado a contar sus fracasos ni entre ellos mismos. El autor naturaliza las dramáticas circunstancias en las que se desenvuelve día a día, normaliza estas situaciones porque si no, no podría vivir bajo el yugo de la responsabilidad, ante la presión de una operación en la que para el paciente y su familia puedes acabar siendo un héroe o un villano. Además de la intensidad, Marsh escribe con mucha calidad descriptiva, hace accesible la jerga médica y explica en qué consiste cada intervención, abriendo cada capítulo con su nombre médico.

   En este relato personal y subjetivo, descubrimos a un doctor completamente entregado a la neurocirugía que ha aprendido a vivir con la trascendencia de sus actos, pero al que la sabiduría de los años le hace poseer una asombrosa empatía con las personas que le rodean. Es crítico con el sistema de salud –se queja de los medios de los que disponen-, refunfuñón con los directivos y políticos que dirigen la sanidad, y añora otra época en la que la implicación y tiempo del médico era mucho mayor que en la actualidad: “Eso es, ¡tengamos en el futuro una generación entera de médicos ignorantes! A la mierda con el futuro, que se espabile por su cuenta, no es responsabilidad mía. Que se joda la dirección del hospital, el gobierno y los patéticos políticos y sus chanchullos, y a la mierda los putos funcionarios del puto departamento de Sanidad. Que se joda el mundo entero”. (Pág. 221)

    Suele ir en bici al trabajo para relajarse, practica la apicultura como hobby y no tiene pelos en la lengua. Socarrón, casi cáustico, bromea con sus aprendices a la vez que los forma, se desespera cuando debe luchar contra lo inevitable, no miente a sus pacientes pero si los cuida y les mantiene la esperanza cuando es posible. Cuenta como debe esforzarse en controlar el pánico que le invade en alguna intervención complicada, no solo es operar, también debe irradiar calma y confianza en sí mismo como cirujano incluso en situaciones en las que no lo siente.
 
   Marsh acaba el bachillerato de letras y pasa dos años sin estudiar, trabaja en el Archivo Nacional, pasa un año en África enseñando como voluntario y se matricula en Oxford en Política, Economía y Filosofía. Abandona tras un desengaño amoroso y se hace médico no por vocación, sino por una crisis vital en la que acabó de camillero en un hospital y se dio cuenta de que le interesaba la Medicina: “La violencia controlada y altruista de la cirugía me resultaba profundamente atractiva” dice. Un hombre culto, con un bagaje personal muy intenso que cuenta no solo lo que vive un neurocirujano, sino una confesión vital y emocional de un hombre extraordinario, a veces dolorosamente honesto, otras íntimamente abatido sufriendo la compasión. Encontramos en este libro las reflexiones de un hombre sabio curtido por su propia experiencia para el que la Medicina es un oficio y no tanto un arte o una ciencia. Es capaz de reírse de sí mismo, con 30 años de perspectiva, pues nada más empezar en su profesión se sentía importante y la humildad se adquiere con el tiempo nos viene a decir: “Entonces me había costado muy poco sentir compasión por los pacientes, porque yo no era responsable de lo que les ocurriera. Pero la responsabilidad entraña el miedo al fracaso, y los pacientes se convierten en una fuente de ansiedad y estrés, aunque ocasionalmente uno pueda sentirse orgulloso ante los éxitos”. (Pág. 112). En la madurez es cuando acaba por aceptar el fracaso como una parte más de su trabajo, pues las dificultades tienen que ver sobre todo con la toma de decisiones y la rapidez con las que deben ser tomadas. En Ante todo no hagas daño también se exponen dilemas éticos, por ejemplo cuando se ven en la tesitura de tener que operar a una anciana de 96 años que no quiere acabar en una residencia malviviendo y prefiere morir en su casa sin ser operada. Marsh siente empatía por sus pacientes, siempre da la cara. A su hijo pequeño de 3 meses lo operaron de un tumor cerebral y supo de esa angustia para un padre. Ha estado en los dos lados: “Los parientes angustiados y furiosos son una carga que todo médico debe sobrellevar, pero haber sido uno de ellos fue una parte importante de mi formación como cirujano. Como les digo siempre entre risas a mis residentes, los médicos no sufren lo suficiente”. (Pág. 143). Ese discernimiento ético que se presenta en algunos de los casos que nos cuenta el neurocirujano, conduce a la reflexión personal sobre qué decisión tomaríamos en su lugar: “(…) Le dije que los deseos de la familia quedarían totalmente determinados por lo que ella consiguiera transmitirles. Si se limitaba a decirles <<Podemos operarle y extraer las partes de cerebro dañadas, y quizá sobreviva>>, su respuesta sería sin duda que debíamos intervenir. Pero si les decía <<Si operamos, no hay posibilidades reales de que vuelva a valerse por sí mismo. Quedará profundamente discapacitado. ¿Les parece que él querría sobrevivir así?>>, era probable que la respuesta de la familia fuera bien distinta”. (…) En casos como ése, a menudo acabamos llevando a cabo la intervención porque resulta más fácil que ser honestos y significa que podemos ahorrarnos una conversación incómoda y dolorosa. Uno puede pensar que la operación ha sido un éxito porque el paciente sale con vida del hospital, pero años después, cuando ves a esa persona –como me ha pasado muchas veces-, comprendes que el resultado de la intervención fue un desastre absoluto desde el punto de vista humano”. (Pág. 159-160). 
   Así Henry Marsh demuestra su valentía y honestidad, en diálogo permanente con el lector que asiste impactado a su clarividencia y su calidad escribiendo, y encuentra en estas memorias cierta paz y cierto consuelo ante la desgracia y ante la humanidad de un médico que reflexiona sobre la importancia de la vida y la muerte desde la sabiduría de su experiencia, un hombre que en más de 30 años ha visto desangrarse pacientes en sus manos, ha tenido coléricas discusiones con colegas, terribles encuentros con familiares e instantes de profunda desesperanza y absoluta euforia: “Y mientras recorría el pasillo del hospital en penumbra volví a maravillarme por la forma en que nos aferramos a la vida y me dije que habría mucho menos sufrimiento si no lo hiciéramos. La vida sin esperanza es tremendamente difícil, pero con cuánta facilidad consigue la esperanza, en definitiva, volvernos necios a todos”. (Pág. 178).




 Pablo Bonet Ayllón