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Próximo alunizaje en Muga: La muñeca rusa
EL VIERNES 14 PRESENTAMOS LA NOVELA DE JUAN MIGUEL CONTRERAS


     Una librería en un pueblo del Cabo de Gata. Un encuentro. Un librero al que gusta rescatar las cosas del olvido. Un exiliado checo. Una historia en los límites de la cordura. La Guerra Fría. La Primavera de Praga. La carrera espacial desde la perspectiva soviética. Viajes a la luna. Cosmonautas pérdidos en el espacio y en el tiempo. El silencio oficial. La venganza del Estado. Una niña. Una mujer. Una historia de amor inconclusa... Un relato que intenta tejer los nudos necesarios para que, en el telar de la Gran Historia, no se pierdan los hilos de unos personajes condenados al olvido.

      Pero, ¿de donde sale La muñeca rusa? ¿Es otra más de las novelas que dejó en un cajón, sin publicar, el insigne Roberto Bolaño? Parece que no... El autor es otro. Juan Miguel Contreras. Si sigues leyendo, encontrarás la Nota que ha dejado escrita al final de la novela. Quizá no puedas evitar leer La muñeca rusa.

      Esta historia ha estado mucho tiempo rondando mi cabeza. Luego una frase escrita por Rodrigo Fresán: “No recuerdo quién dijo que los libros nunca se terminan, sino que, simplemente, se publican”. Opté por darle la razón, básicamente porque el, llamémosle, olvidadizo despiste del que habitualmente hago gala, no me dejaba obviar el hecho de que había varios manuscritos cogiendo polvo (físico y digital) en varias carpetas. Asqueado (esa es la palabra) del eterno peregrinar de este manuscrito por un buen número de editoriales, encontré en la frase de Fresán la excusa y, en mi necesidad de crearme una tabla de salvación, la oportunidad para hacerlo. A veces escribir no es más que dejarse llevar por el “¿y si hubiese pasado…?”, que es un pensamiento recurrente que rige nuestra vida y que sólo sirve para intentar explicarnos las cosas, para martirizarnos con ellas o, simplemente, para hacer literatura. La Historia está llena de infinitas ramas podadas. Hacer literatura con eso, algunos lo llaman distopía, otros utopía, otros lo llaman ciencia ficción. Tal vez yo haya hecho un poco de todo, o quizá nada en realidad.


      Los troncos de los que surge la historia de Milos Meisner son evidentes. Uno es un periodo que siempre me ha llamado la atención y me ha atraído desde que comencé a leer a autores checos. El otro es la llamada carrera espacial, cuyos tentáculos puedo adivinar desde mi infancia. Como muchos, crecí sumido en esa fiebre de películas de ciencia ficción que a finales de los setenta y primera mitad de los ochenta llenó las salas de cine (algunas que recuerdo vivamente, y no hablo sólo de la saga de Star Wars o E.T. –que nunca me gustó–, como Barbarella, Flash Gordon, La fuga de Logan, Enemigo mío, Juegos de Guerra (con la ídem fría de fondo, aunque igual ahí no había naves espaciales y yo estoy confundido, pero ya que hablamos de Guerra Fría, cito Amanecer Rojo como cota del delirio cinéfilo distópico que en un cine de verano me hizo preguntarme millones de cosas como inicio de mi juego con la historia), Alien, el octavo pasajero (culpable, entre otras cosas, de que las camisetas interiores de tirantes tengan para mí un alto contenido erótico, amén de cagarme vivo con el dicho bicho), Blade Runner...), películas que, mezcladas con libros de Julio Verne (sí, un lugar común, pero mis inicios lectores son muy vulgares) señalan el punto de partida de mi obsesión por los cosmonautas y astronautas “perdidos”.

     Respecto a la Primavera de Praga, lejos de entrar en lo que se pueda decir o no en la novela, pertenece a ese grupo de sucesos históricos que entran en la categoría de “oportunidades perdidas”. En cuanto a la carrera espacial, ahí ya entramos en terrenos más pantanosos y, tras lo aquí escrito, creo que es necesaria una explicación. Siempre me ha llamado la atención el hecho de que los soviéticos, después de 1962, entraran en una especie de agujero negro y fuesen los americanos, contra todo pronóstico, los que consiguiesen llevar al primer hombre a la Luna. Dejando de lado el hecho de que yo crea que Korolev era infinitamente mejor ingeniero que von Braun, y que suhistoria sea también infinitamente más humana y subyugante (esa atracción por los perdedores me pierde), hay en la parte rusa de la historia demasiados puntos sin aclarar. Cómo perdieron la ventaja que llevaban respecto a los americanos es una de ellas. Posiblemente la sucesión de errores técnicos lo explique, pero la duda es demasiado atractiva (como lo es pensar que fue Kubrick el que filmó en un estudio la supuesta llegada a la Luna de Neil Armstrong). Internet es un lugar infinito donde encontrar “información” al respecto. Yo tenía una historia y tenía un personaje (Milos Meisner)pero no sabía qué decir de él, ni cómo hacerlo. El big bang del que surgió todo esto fue encontrar el nombre de Alexi Belokonev. A Milos lo creé yo (o él me creó a mí para que yo lediese voz, quién sabe), pero Alexi no me pertenece, ni él ni su supuesto mensaje, que en la novela aparece transcrito varias veces “literalmente”. A ambos los encontré en la red (plagio otrampolín, cita o rap(sodia) que me hizo comenzar a escribirpor fin…). No puedo poner la página en la que encontré su historia (tan delirante como “real”) porque fue en una página que ya no existe. Posiblemente si se teclea “Alexi Belokonev” en google, salga algo como lo que yo encontré. Yo no lo he vuelto a hacer para no perder el norte que me fijé. Copié el nombre y la supuesta retransmisión, así como el año y el nombre del compañero de Alexi y comencé a trabajar. Mi viaje a la Luna se lo debía a Milos y en él me apoyé. Después surgió Irina, me sustenté en Hrabal y Cyrano, y apareció un librero en un pequeño pueblo costero…
     
      Este libro es el resultado de dos libros anteriores, de dos versiones anteriores fallidas, o debería decir que fui yo el que le falló a Irina y a Milos. Confundí muchas cosas y en vez de soltar lastre y dirigir el rumbo mientras me dejaba llevar, cargué la historia de cosas que no le pertenecían y todo acabó esparcido por el suelo, estrellado como una estrella errante que realmente era como un dedo de grande. Eso fue la primera vez. La segunda acabé flotando en el espacio, vagando y convirtiendo la historia en humo. Respecto a lo que haya conseguido esta tercera, me ahorro cualquier opinión al respecto. Quien haya llegado hasta aquí me juzgará como crea que debe, y eso estará bien, pues no quiero más. Lo que sí quiero decir es que, en todo este proceso, ha habido una serie de personas gracias a las cua les ha sido posible que pueda contar la historia de Milos (y con ello sentirme como un músico de rock escribiendo los créditos de su disco): La nave no se hubiera liberado de la atmósfera terrestre si en los mandos no hubieran estado Iván Pérez y Andrea Hauer (el corazón de Milos les pertenece, y un trozo del mío también). En el hangar me ha acompañado mucha gente, y sin ellas no hubiera encontrado las fuerzas para reconstruir esta Vostok a partir de los pedazos de las dos misiones fallidas anteriores. Mercedes (mi correctora jefe), Lorena (la primera que me obligó a creer en Milos), Araceli, Eduardo (mi Carl Vader Jung particular), Guadalupe (leer esta historia en el metro de Nueva York es una de las imágenes que justifican la historia de Milos), Ariel, Ramón, Charo, Pilar y Enrico, Loïc, Raúl Baena (esa gira por provincias con Buster no se olvida), Antonio Álvarez Pax (una furgo por Almería, él sintiendo su gran viaje y hablándome de él, yo soñando con el mío y encontrando el escenario final frente a una hoguera la noche de San Juan), Teo, Jeremy Geddes (por darme la visión de Alexi), la guitarra de Derek Trucks, el piano de Tigran Hamasyan, Wilco (los tanques rusos al ritmo de A ghost is born, Irina bailando con Reservations...), el visionado obsesivo de Alondras en el alambre, The Allman Brothers Band, David Bowie (por todo, no sólo por lo evidente, el mensaje espacial vía Swinging London del Mayor Tom, los héroes del muro, Ziggy, Ronson, Mott, los jóvenes americanos...), Tom Stoppard y su Rock ‘n’ roll (y montada por el Teatro Lliure)… y al final, mi familia, y en especial, Celia madre (mi Luna), Celia hija y Pablo, el gran responsable de todo esto…

La muñeca rusa, Juan Miguel Contreras, Internacional Samizdat, 2012.